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NEUROPEDIATRIA, CONDUCTA Y APRENDIZAJE
Dr. Abraham Dayán Nahmad Neurólogo Pediatra.
COMO DISCIPLINO A MI HIJO
Todo niño debe saber lo que es la disciplina. Debe
aprender a someterse a las costumbres de su medio, comportarse
como los demás de manera adecuada, conocer los límites de su
libertad y a entender lo que es prudente y lo que no es. Debe
aprender a aceptar un No y comprender que no puede hacer las
cosas a su manera. Aprender a respetar la propiedad de los demás
y que las personas tienen tanta importancia como él. Tiene que
aprender a ser obediente.
En la medida que crecen, deben de desarrollar su
independencia y expresión. Debe permitírsele que cometan
errores para que aprendan de ellos y no vivan sobreprotegidos. No
se debe impedir al niño que empieza a caminar que explore,
excepto cuando sus exploraciones puedan ponerlo en peligro.
Padres con autoridad firme, bondadosa, razonable y
consistente, le proporciona al niño seguridad que es esencial
para su desarrollo emocional. Necesita disciplina para
enseñarse a disciplinarse.
La carencia en disciplina lesiona al niño y lo “echa a
perder“. El resultado de esto es un niño problema e inseguro,
el niño que todos consideran insoportable menos sus padres, el
niño con quien otros padres no quisieran que sus hijos se
mezclen, por las tretas que les enseñan..
El niño indisciplinado sabe que consigue lo que quiere
cuando exige o hace un berrinche. Un niño que no se puede llevar
de visita, porque se va a portar mal cuando esté con otros niños.
Destroza todo lo que esta a su paso, da un mal ejemplo, es
agresivo y puede lastimar a otros niños.
Los caprichos alimentarios y la propensión a los
accidentes son comunes. Los accidentes pueden ocurrir en
cualquier momento, pero con una disciplina razonable rara vez se
presentan. La carencia de disciplina durante los primeros años de
vida es uno de los factores más importantes que conducen a la
delincuencia juvenil e incidencia de accidentes. La mayor
propensión a los accidentes se encuentra asociada a una
disciplina exagerada.
La disciplina exagerada es menos dañina para el niño. Es
excesiva cuando no concuerda con el grado de desarrollo
neurológico del niño.
No es disciplina si no se ejerce para beneficio del
niño, sino como un desahogo del sentido de dignidad ofendida
de los padres. Algunos padres insisten en obtener obediencia
sobre cuestiones sin importancia porque temen perder su imagen, y
lo único que están haciendo es revelar lo defectuoso de su propio
carácter. Algunos padres son sumamente sensibles sobre lo que la
gente piense de sus hijos, creen que van a criticar el
comportamiento de sus hijos.
Los padres que todo el tiempo les hablan a sus hijos con
negativas, “No, no hagas esto, no toques aquello”, generan hijos
rebeldes, berrinchudos e inseguros de sí mismos. La obediencia
basada en la represión nunca es permanente. Los padres que
son muy rígidos para forzar a sus hijos a obedecer, son los
padres que tienen más problemas con sus hijos.
Los castigos frecuentes
lesionan la relación entre padres e hijos. Algunos niños criados
bajo este hábito crecen indebidamente sumisos y tímidos. La
mayoría reacciona de manera contraria a la que se espera de
ellos. Se les hace haraganes y se hacen deliberadamente
desobedientes, agresivos, negativos, berrinchudos, tímidos e
inseguros, y con mala conducta en el colegio.
La consistencia es importante para enseñar la disciplina. El niño
se confunde cuando se le permite hacer una cosa en determinado
momento y al poco tiempo se lo prohíben; o si lo castigan por
algo que siempre ha hecho sin que lo sancionen. También se
confunden cuando uno de los padres le permite hacer algo que el
otro no admite, o si sus abuelos le permiten hacer cosas que sus
padres no lo dejan hacer. Los padres deben estar de acuerdo sobre
los castigos; el niño no se toma mucho tiempo en descubrir que lo
que un padre desaprueba, el otro lo perdona. La disciplina debe
ser consistente, aunque los padres deben hacerse a los
desentendidos cuando las infracciones son menores. Las amenazas
continuas y los castigos ocasionales también producen confusión,
ya que los niños no saben qué tan cierto es lo que le están
diciendo. Lo mismo se puede decir de las restricciones exageradas
y el castigo, alternados con periodos de indulgencia y tolerancia
excesivas. Los padres se sienten incómodos después de castigar a
su hijo y se van al extremo de dejarlo hacer lo que se le dé la
gana.
Debe existir consistencia en el castigo, casi siempre se
impone el castigo tomando más en cuenta el resultado que la
naturaleza de la travesura, como cuando no se le castiga cuando
empuja levemente una mesita, pero sí cuando al empujarla tira una
pieza cara de cristal cortado. Para el niño es difícil entender
la razón de esa actitud diferente y se siente confundido.
No es adecuado que ambos padres se unan para disciplinar a
su hijo.
El niño que crece con disciplina firme, pero humana y que
se siente querido y seguro desde que nació, se portará mejor en
sus años posteriores que el niño criado bajo una disciplina
estricta y sin amor. El niño no aprende con regaños,
ridiculizaciones, amenazas ni miedo al castigo, sino con amor,
respeto y ejemplo. Las bases del buen comportamiento son el
elogio y el amor y no la culpa y el castigo. Aprenderá más si
es estimulado por recompensas sensatas, que por regaños y golpes.
No debe ser sobornado para hacer lo que tiene que hacer, sino que
debe recibir un premio inesperado, como un dulce, o una frase de
elogio por obedecer alguna orden no muy de su agrado.
Siempre debe dársele la oportunidad de explicar lo que ha
hecho, para explicar que lo que hizo no fue intencional sino
accidental.
Es necesario que el niño sepa que si desobedece tendrá
alguna consecuencia desagradable. Es muy frecuente escuchar a
algunos padres amonestando de manera constante a sus hijos,
mientras que ellos no hacen caso porque han aprendido que es muy
poco probable que les pase algo indeseable si desobedecen. Nunca
se debe amenazar con castigos que no se van a llevar acabo o con
castigos que son imposibles de imponer. Así como es un error
amenazar con mandarlo a su cama, ya que implica que su cama es un
lugar indeseable y le puede ocasionar problemas del sueño.
El castigo, cuando se aplica, debe ser inmediato, de tal
modo que la causa se relacione con el efecto. Entre más tiempo
pase entre la iniciación de la travesura y el castigo, menos
efectivo será éste. El castigo aplicado por una persona amada es
más eficaz que el que aplica un pariente al que el niño no
quiere. Cuando el niño recibe agresión física, le está enseñando
lo que es la agresividad en la conducta.
La disciplina se debe enseñar al niño cuando tiene edad
suficiente para comprender lo que se espera de él. No se puede
enseñar disciplina al año de edad, pero sí a los tres años. Entre
estas dos edades, los padres deben enseñarle lo que es la
disciplina, no depende de su edad real sino su edad mental.
Antes de decidir un castigo, es importante tratar de
comprender los motivos del niño y las razones subyacentes de su
conducta. Es incorrecto intentar eliminar el hábito de golpear a
otros pequeños, dándole palmadas al agresor; se debe buscar la
causa de esa agresión, la cual en éste caso es probable que se
deba a que es víctima de golpes o inseguridad.
Es sencillo castigar al niño por hacer una travesura de
acuerdo con los estándares del adulto, sin tomar en cuenta que la
experiencia limitada y la conciencia tan precoz del niño no le
permiten ver que está actuando mal; en esos casos es suficiente
explicarle y advertirle que no deberá presentarse nuevamente esa
falla.
La razón de un comportamiento incorrecto puede ser el
aburrimiento, los celos o la inseguridad. El ser destructivo y
tirar objetos puede deberse a falta de libertad y desahogo de sus
energías. Es un error castigarlo por hacer algo mal, sin
erradicar la causa de su mal comportamiento.
Lo pueden castigar por pintar en las paredes, pero también
deben darle papel y lápiz o un pizarrón para que satisfaga su
deseo de garabatear.
Las maneras de castigar varían de acuerdo con las
circunstancias y con el grado de desarrollo del niño. Lo
desagradable de las consecuencias debe ser mayor que el placer
del acto.
En el primer año de vida, el castigo nunca es justificable. En el
segundo año, la simple expresión firme de desagrado o la
privación de ciertos privilegios, es suficiente, mientras que el
niño crece un poco para que pueda entender. Quizá se haga
acreedor a una palmadita sobre su mano si hizo algo
particularmente peligroso y se cree que pueda entender el
significado del castigo. Lo mas seguro es que no entienda y que
el castigo no sirva de nada. Cerca de los dos años de edad, puede
causar risa que el niño no haga caso del “no, no” y haga
lo que le estamos prohibiendo, mientras él se ríe
estrepitosamente, De modo inevitable, repetirá el acto que causó
risa. Esta característica, junto con el negativismo y el deseo de
recibir atención, tan peculiares a esa edad, harán que la
disciplina sea más difícil de imponer,
Al tercer año de edad, el retirarle algunas cosas que le
gustan (quitársele libros que le gustan o dejarlo dentro de la
casa cuando quiera salir a jugar), y la expresión de desagrado,
son suficientes, la mayor parte de las veces. La manera de
castigarlo debe de tener una lógica con lo que ha hecho, de tal
modo que pueda relacionar sus malos actos con el castigo. Si
avienta los cubiertos o la comida sobre la mesa durante la
comida, se puede retirar de inmediato el alimento o mandarlo a
comer a la cocina a que termine solo. Si a pesar de habérselo
advertido, continua tirando papelitos en el piso, debe hacérsele
que los recoja y decirle que no puede hacer lo que le gusta hasta
que no termine de levantarlos, aún cuando alguien pueda ayudarle
a recogerlos. Puede ser aislado o voltearlo hacia un rincón si
hizo un berrinche o una maldad a propósito. Si tira libros o los
maltrata, se les debe recoger. En caso que un niño de cuatro años
no acuda a comer cuando se le llama porque está jugando, no debe
pegársele por eso ni llevarlo a rastras hasta la mesa, sino que
debe ser prevenido que la próxima vez que no acuda cuando se le
llame ya no tendrá derecho a comer, si vuelve a fallar, se le
aplica el castigo. Muy pronto aprenderá que las amenazas no sólo
son eso.
Nadie se hizo mejor mediante el castigo corporal, los
efectos de éste solo son negativos; desde luego, ninguna
represión debe lastimar. La vara es el anacronismo de la
incivilización.
Algunos padres han aprendido que el castigo corporal es
indeseable y utilizan un método mucho pero para tratar de
corregir al niño; ridiculizarlo, los regaños constantes y el
avergonzarlo. Es un error hacer que el niño se sienta culpable y
avergonzado, menospreciado e incompetente. También lo es burlarse
de él y peor aún, hacerlo sentir que ya no es amado. Algunos
padres le aplican la “ley del hielo” y se niegan a hablar
con él durante todo un día. Tampoco es adecuado utilizar la
venganza utilizando la ley de “ojo por ojo y diente por
diente” . Eso es enseñarle a su hijo a desquitarse más
adelante, y en el matrimonio sería un desastre. No quiere decir
que no se le deba enseñar a defenderse de otros niños cuando lo
molesten.
Si el niño confiesa que ha cometido una travesura atroz,
su castigo no debe ser tan intenso, porque si lo es, ya no habrá
más confesiones en el futuro. El castigo intenso es un error por
otras razones; puede causar represión, inseguridad, un
sentimiento de hostilidad y surgir otros problemas del
comportamiento.
El castigo no debe acompañarse de mucho alboroto, porque
si lo hay, se produce ansiedad, el niño puede repetir la
travesura como un ardid para llamar la atención. Después que el
niño ha sido castigado, no es prudente pedirle que se arrepienta,
porque su estado de ánimo no es adecuado para hacerlo, a menos
que se lo imponga por temor. La desaprobación a un acto
determinado, no debe prolongarse, como sucede frecuentemente. Una
vez que el niño ha sido castigado, debe tratársele como si nada
hubiera sucedido y el tema no debe comentarlo nadie en su
presencia.
La mayor parte de los castigos impuestos son un error.
George Bernard Shaw escribió “castigar es herir”.
Casi todos los castigos se aplican cuando se pierden los
estribos. Los padres pierden su sentido del humor y su tolerancia
cuando están cansados, apurados, preocupados, o no se sienten
bien. Cuando los padres están enojados, tratan de provocar y
encontrar fallas en sus hijos.
Las tendencias punitivas de los progenitores están
relacionadas con el trato que recibieron cuando niños. Si al
padre lo castigaron en exceso cuando era chico, no puede evitar
hacer lo mismo. Libera las represiones de su niñez castigando a
su hijo. Racionaliza su comportamiento con la idea que
“perdonar es echar a perder al niño”, originada en el Libro
de los Proverbios, argumenta que “la vara no le hizo ningún
daño”, pero no se da cuenta que la vara lo transformó en la
clase de padre, que desea usar la vara con su hijo.
Los castigos frecuentes resultan de la infelicidad de los
padres y de conflictos. Existe un factor de sadismo en el
castigo.
Generalmente, el castigo es irracional. Muchos niños son
castigados por actos que no lo ameritan. Como pegarle al niño que
se chupa el dedo o se toca los genitales o masturbarse. A los
niños se les castiga muchas veces por actos que están fuera de su
control como el orinarse en la cama durante el sueño, o por tener
mala letra sin saber que su hijo tiene signos neurológicos
anormales que se traducen en torpeza motora. Otros por tener tics,
por no sentarse derechos, por ser muy latosos, cuando en realidad
hay factores
prenatales que son los causantes. También son castigados por su
mal carácter, que es heredado de sus padres, ya que los actos de
un niño son resultado de sus emociones y sus urgencias
inconscientes, mismas que no puede reprimir, siendo injusto el
castigo y como tal se recordará. El niño se comporta mal porque
se siente inseguro y el castigo no le sirve para convencerse que
en realidad ha perdido el amor de sus padres.
Muchos de los castigos se imponen, no porque es travieso,
sino porque representa una molestia para los adultos. Lo pueden
castigar porque se pelea con su hermano, siendo que tiene la
agresividad normal a su edad. Aprende algo que el hijo único no
puede aprender en casa, que no puede obtener todo a su manera. El
hijo único lo aprenderá de una manera más dolorosa, en la
escuela.
Los padres, a menudo se olvidan que también sus hijos son
sensibles y pueden ponerse de mal humor cuando están cansados,
aburridos, hambrientos o temerosos. Es habitual castigar a un
niño que viene de mal humor de la escuela porque su glucemia
(azúcar en la sangre)
está baja casi siempre en esos momentos. Mucho de los
castigos están dirigidos a los síntomas y no a la causa y por eso
no da buenos resultados.
El castigo es irracional, los niños aprenden mejor
mediante estímulos, recompensas y alabanzas, que con castigos,
regaños y culpas.
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